La cadena de panaderías artesanales Pandanés bajó las persianas de sus 25 locales y dejó a cerca de 150 trabajadores en la calle en medio de un severo colapso financiero. La manera en que se comunicó la decisión generó un enorme revuelo entre el personal, ya que la empresa envió un mensaje por WhatsApp a las 3:56 de la madrugada para pedirles que no fueran a trabajar. Cuando varios empleados se presentaron de todos modos en sus puestos habituales, se encontraron con los accesos bloqueados y las cerraduras cambiadas. En una de las sucursales del barrio de Recoleta, las empleadas denunciaron que ni siquiera pudieron ingresar para retirar sus pertenencias personales.
A través del mensaje informal, la dirección de la compañía sostuvo que se había quedado sin fondos suficientes para continuar operando y cumplir con sus obligaciones, tras meses de buscar alternativas para mantener la actividad. Sin embargo, los trabajadores señalaron que no recibieron cartas documento ni notificaciones formales. Si bien se les habían depositado los salarios de septiembre y la cuota del aguinaldo de junio unos días antes, denunciaron el incumplimiento de los aportes jubilatorios, las cargas sociales y las prestaciones de la obra social, además del no pago de las indemnizaciones.
La crisis venía gestándose desde hacía tiempo. Pandanés había solicitado el concurso preventivo a fines de 2025, registrando un activo de $2.206,6 millones frente a un pasivo superior a los $1.218 millones, y fijando el inicio de su cesación de pagos el 15 de octubre de 2025 tras el rechazo de un cheque diferido por $3,85 millones. En su presentación ante la Justicia, la firma atribuyó el cuadro a la recesión, la inflación, el aumento de costos y una retracción de las ventas mayor al 50% respecto de sus promedios históricos.
La clausura general estuvo precedida por el cierre de sucursales en Villa Crespo, sobre la avenida San Martín, y en Villa Devoto, sobre la calle Sanabria, argumentando en ese momento complicaciones con los precios de los alquileres. El desenlace marca el fin de una marca que comenzó a gestarse en 2016 de la mano de la danesa Lise Lundme Funch en una pequeña cocina alquilada de San Telmo, hasta montar una planta de 1.700 metros cuadrados y una red comercial de 25 comercios. El caso refleja el duro momento del sector panadero, donde la Cámara de Industriales Panaderos (CIPAN) reporta desplomes de entre el 50% y el 60% en ventas de pan y de hasta el 80% en productos de pastelería, impulsados por la pérdida del poder de compra. Mientras la firma avanza hacia la quiebra, los operarios continúan con los reclamos por sus derechos laborales.

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