El paisaje del descarte: indigencia crónica y metástasis del consumo en Constitución
Avanzado ya el segundo mes del año, la Comuna 1 exhibe en su extremo sur el reverso más implacable de la retórica oficial sobre el orden urbano. Lejos del circuito comercial y financiero de las avenidas principales, el barrio de Constitución se consolida como un gigantesco albergue a cielo abierto donde la indigencia estructural y el consumo endémico de sustancias psicoactivas componen un cuadro de descomposición social que supera por completo la capacidad de contención de los dispositivos estatales.
Las plazas, las recovas ferroviarias y las entradas a las estaciones de subte y tren no registran una merma en la cantidad de personas en situación de calle; por el contrario, el fenómeno se densifica. La instalación de campamentos precarios con carpas, colchones tirados sobre la calzada y changos de supermercado convertidos en depósitos de pertenencias marca el ritmo de una cotidianidad atravesada por la exclusión extrema. Lo que diferencia este escenario de años anteriores es la masificación y visibilidad absoluta de un consumo de drogas cada vez más agresivo, donde el paco y los estupefacientes sintéticos de bajísima calidad actúan como el único articulador de la convivencia en la vía pública.
La dinámica del consumo no se esconde; se despliega a plena luz del día ante la mirada indiferente de los transeúntes y la impotencia de los comerciantes frentistas. Las esquinas de Lima, Bernardo de Irigoyen, San Juan y las inmediaciones de la Plaza Constitución se transforman sistemáticamente en puntos de venta y consumo de sustancias de diseño rudimentario, generando un estado de alerta permanente. Este combo explosivo de vulnerabilidad habitacional y adicción severa alimenta pequeños delitos prediales de ocasión, arrebatos a pasajeros desprevenidos y una violencia urbana cotidiana que disuade cualquier intento de revitalización comercial en el barrio.
Los operativos de limpieza y remoción de ranchadas, ejecutados de manera espasmódica por las cuadrillas de higiene urbana, demuestran una total ineficacia estructural. Lejos de resolver el problema, el desplazamiento forzado de personas de una esquina a otra no hace más que dispersar la tensión por los pasajes internos, sin ofrecer una solución habitacional seria ni un abordaje sanitario efectivo para la salud mental y la drogodependencia. La asistencia social se reduce a una burocracia de ventanilla que no da abasto frente a la magnitud del colapso.
Constitución se ha convertido en el depósito humano de una crisis metropolitana que la Ciudad opta por administrar mediante la estética del parche. Asumir que la indigencia y el consumo problemático se combaten con operativos policiales de remoción o gacetillas sobre estadísticas de limpieza es una falacia insostenible. Mientras el sur de la Comuna 1 continúe abandonado a su suerte frente a la vorágine de la adicción y el desamparo, el kilómetro cero porteño seguirá exhibiendo la fractura más profunda de su modelo de desarrollo.
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