El valor del patrimonio frente a la inercia en las grandes obras del centro
Caminar por el centro porteño deja siempre esa sensación de estar pisando las capas de una historia que a veces se cuida a medias. En estos días, dos hechos en la Comuna 1 volvieron a poner sobre la mesa la discusión sobre cómo gestionamos los íconos de la Ciudad y hasta qué punto el patrimonio histórico se integra a la vida cotidiana del vecino o queda atrapado en debates de conveniencia.
Por un lado, el arranque de las obras estructurales en el Centro Cultural General San Martín expone una realidad que llevaba tiempo acumulándose a la vista de todos. El complejo de Sarmiento y Paraná, una joya de la arquitectura moderna diseñada por Mario Roberto Álvarez y escenario clave de la historia reciente al haber cobrado vigencia con la CONADEP en los ochenta, venía arrastrando un deterioro grave. Ver que finalmente se encaran tareas de fondo como la impermeabilización de los subsuelos para frenar filtraciones, la reparación de las fachadas vidriadas y la puesta en valor de sus salas históricas es una novedad necesaria para el corredor del «Off Corrientes». Sin embargo, también deja al descubierto el costo de la inercia estatal: intervenir cuando el deterioro ya es crítico siempre resulta más complejo y costoso que mantener la infraestructura día a día.
Por otro lado, la inauguración del ascensor interno y el mirador panorámico en la punta del Obelisco ofrece un contraste llamativo. La intervención sobre la obra de Alberto Prebisch concretó una idea que circulaba desde su construcción en 1936, sumando un nuevo atractivo turístico en plena Plaza de la República a más de 67 metros de altura. Pero más allá del impacto visual y de la apertura de la licitación para su explotación comercial, la movida vuelve a encender la polémica sobre qué prioridades se fijan en el espacio público. Mientras las grandes postales del centro reciben reflectores y logística de envergadura, el patrimonio cotidiano de los barrios de la comuna suele exigir reclamos sistemáticos antes de ver una sola cuadrilla de trabajo.
Al final, la gestión del Casco Histórico y de los grandes símbolos porteños exige un equilibrio fino. La revalorización de la identidad no puede ser solo una foto para el turismo ni una obra de emergencia cuando las paredes ya no dan más. Cuidar lo que somos implica una mirada constante y sobria, donde el resguardo de la historia y el uso diario del espacio público caminen exactamente por la misma vereda.
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