El calvario diario: estacionar, circular y sobrevivir al tránsito en la Comuna 1
Hay una dimensión de la vida urbana que la política prefiere obviar en sus grandes discursos de modernización: la exasperante cotidianidad del transporte y el estacionamiento. Mientras el mes de enero regala el espejismo de avenidas semi liberadas durante las primeras horas de la mañana, la Comuna 1 —el embudo neurálgico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires— se encarga de recordar rápidamente que circular, estacionar o intentar realizar un trámite rápido en Retiro, San Nicolás, Monserrat o Constitución es un deporte de alto riesgo para los nervios y el bolsillo.
El primer frente de batalla es la cacería diaria del espacio para estacionar. Con un parque automotor que no cede, plazas de garaje con tarifas prohibitivas que superan con creces cualquier ingreso medio y un sistema de parquímetros y acarreo digitalizado que vigila cada centímetro de asfalto con precisión quirúrgica, dejar el auto en la vía pública se ha transformado en un lujo punitorio. Las dársenas de carga y descarga, colapsadas por proveedores que deben hacer malabares en doble fila ante la falta de dársenas exclusivas respetadas, bloquean calles enteras como Chacabuco, Maipú o Esmeralda. A esto se le suma la proliferación informal de los «trapitos» o cuidacoches ilegales, que operan en las narices de las comisarías exigiendo extorsiones a cambio de no dañar el vehículo, demostrando que el espacio público está privatizado de hecho por la delincuencia menor.
En paralelo, el transporte público y la movilidad peatonal sufren las consecuencias de una infraestructura colapsada por los parches. Las veredas de la Comuna 1, intervenidas de manera eterna por roturas de empresas de servicios públicos, caños rotos o reparaciones parciales de baldosas que nunca quedan niveladas, convierten la caminata diaria en una prueba de obstáculos. A eso se le añade el caos de las líneas de colectivos que circulan saturadas y desorientadas por los constantes desvíos de tránsito, cortes preventivos y protestas sociales que, sin importar la época del año, eligen sistemáticamente las avenidas 9 de Julio, de Mayo o las inmediaciones de Plaza de Mayo como epicentro ineludible de reclamo.
La vida mundana en el kilómetro cero porteño transcurre entre bocinazos, multas inapelables por pisar un metro una ciclovía mal señalizada, peatones esquivando motos que ignoran los semáforos y frentistas hartos de lidiar con la mugre de los contenedores desbordados. No se trata de grandes debates geopolíticos ni de cumbres de planificación urbana futurista; es el agobio pedestre de cada día. Gobernar una comuna exige, antes que cualquier ambición esteticista, garantizar que las reglas elementales de la convivencia vial y el orden cotidiano funcionen sin asfixiar al ciudadano de a pie.
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